jueves, 20 de enero de 2011

A cuatrocientas cincuenta y una millas del mar se me ocurrió pensar en la necesidad de llevar una carta de navegación si no podía leerla. Me acurruqué en proa. Con más miedo que decisión, tomé la dirección que me indicaba cierto ruido al que no sabría catalogar. El barco chocó, sí Laura, chocó contra un edificio mal pintado que acumulaba barcos a su alrededor de muchos como tú y como yo que buscan respuestas a preguntas incontestables.
Seamos muchos o no, la mayoría se conforma con aprender datos inútiles que van llenando la cabeza de problemas con solución, análisis del lenguaje, incluso de historia y de geografía. Ahora sabes los errores que se cometieron, sabes la posición en el mapa del Himalaya, sabes de la existencia de fosas marinas, relajantes musculares, de literatura estremecedora, de filosofías curativas y filosofías turbadoras, sabes -sabemos- muchas cosas Laura. Parece mentira que estuviésemos en aquel edificio, los dos, durante tanto tiempo y hayamos aprendido tan pocas cosas. De todos modos tenemos que reconocer que tenemos mucha suerte, lo poco que hemos aprendido ha dado mucho, muchísimo de si y tenemos que estar agradecidos por ello(s), otros no tienen tanta suerte.

Poco antes de terminar los "quehaceres", porque no son otra cosa que cosas que hay que hacer, alguien se me acercó. A juzgar por su voz -suave y pausada- me atrevería a decir que era una persona inteligente. En un momento dado tuve la impresión de que esa persona sabría explicarme mi carta de navegación.

"Todo norte o todo sur, o todo suroeste, o todo en dirección a dónde sea. No tengas miedo, realmente no hay nada entre este punto y cualquier otro, las olas tambalean, pero no tumban, las sirenas alivian, pero no curan, los toneles de ron parecen buenos a veces, pero durante poco tiempo, los buenos camaradas que algún día navegarán a tu lado te ayudarán, pero ellos también tienen su propia dirección y sentido, no te extrañe si un día despiertas y los ves perderse por el horizonte. Sobretodo no tengas miedo, no hay tornado, ni abismo, ni monstruo marítimo, no hay nada, el mar está en calma."

¿No hay tornado, ni abismo? ¿Entonces?

Me empujó y sentí miedo. Caí al suelo y me hice un poco de daño en el culo. Y luego ya nada; me dio la mano y me levantó.

-Hagamos una cosa -empezó a decir- cuando tengas que volver a la mar, a tu vida, sigue mis principios, vive como si realmente los problemas que te vayas encontrando no existan y te irás dando cuenta de que según avanzas los vas dejando atrás, haciéndose cada vez más pequeños e insignificantes.

Es inevitable sentir miedo a veces, llevo ya unos cuantos años navegando entre Antonio Vega y Mambo Number Five y no me he topado con nada que, pasado, no se hubiese hecho pequeñito e insignificante -o por lo menos pequeño-.

De ayer a hoy, ahora no puedo seguir, quizá mañana te cuente lo que vendrá mañana.