sábado, 8 de enero de 2011

Laura:

Nací en un momento indeterminado entre la vida y la muerte. Aún no me mantenía en pie, ni sabía coger una cuchara, balbuceaba y abría los ojos para exhibir mi curiosidad, escuchaba todos aquellos ruidos que solaparon los latidos del corazón de mi madre. En ese momento fue cuándo me dejaron solo. A mi alrededor se iba creando el muro; un abismo, que me separa/rá de mis padres, de mi hermana, de todos mis tíos y primos y de todas aquellas personas que luego serían importantes en mi vida y que aún no conocía.
Luego me iba arrastrando por el suelo y tanteaba esa casa que sería luego mi casa y luego ya no. Cogía el escabel que me ayudaba a subir al sofá y poder así tirar de los hilos que tenían aquellas almohadas rojas y amarillas. Tenías que ver mis diminutas manos agarrar los dedos de mi padre o hacerme un ovillo en el pecho de mi madre y dormirme al volver a escuchar su preciso y armónico latido. Mi nariz era como un botón. Era un bebé extremadamente tierno e intrigante.

Iba creciendo, ya sabes que de poco en poco. Un día de esos fue cuando comprendí algo y de premio me taparon los ojos con una venda. No sé de que color era/es la venda, porque nunca he podido quitármela y mirarlo, pero confío en poder hacerlo algún día. Es tan duro vivir así. Sin poder ver lo que tienes delante. A veces hay alguien que te alivia, te coge de la mano y te lleva.
Apenas son unos pasos, luego algo pasa y tiene que irse o está cansado y quiere irse a dormir. También tú tienes una venda, además es una venda mucho más (es) tupida que la mía. Tú corazón late de otro modo, es más temeroso, tiene más dudas y las llagas tardan más en curarse si se trata de ti. Pero eso sólo es a veces.

Lo que te estaba diciendo es que estaba ya solo y estaba ya con los ojos tapados cuándo me dejaron al otro lado del mundo, en una Isla pequeñita, con una carta de navegación vieja y roída entre las manos y un bote que había que arreglar antes de salir a la mar. No hace falta que te diga que es difícil arreglar un barco con los ojos tapados por todas las cosas que iba aprendiendo. Además la gente iba y venía, pero nadie podía quedarse el suficiente tiempo como para acabar de arreglar mi barco, así que seguía en la Isla de Mamá y Tata y un fin de semana al mes Papá. Apá es/era un buen Apá, aunque a veces se comporte como un completo imbécil.

Creo que hoy no puedo seguir contándote lo que ocurrió cuando al fin pude zarpar con mi carta de navegación roída y rota y la venda en los ojos.

A lo mejor mañana. ¿Sí Laura?