martes, 23 de octubre de 2012

La casa encantada.

Hace dos años de mi última buena borrachera.
Coincidimos en una casa con una gran personalidad. Decir que coincidimos es una estupidez, porque en realidad la casa nos eligió para meternos allí.
La casa sólo enciende las luces cuando quiere, como el que se tapa la cara al despertar porque alguna mala madre ha subido las persianas. La casa enciende las luces, sólo cuando quiere, pero las apaga a la primera; la casa, me da la sensación, nos ha salido un poco vaga.
Escupe agua del suelo, supura, a lo mejor está enferma y por eso hace aguas y tiene mala leche. No, no está enferma, sólo tiene mala leche.
Tiene que ser frustrarte ser una casa con personalidad a la que nadie entiende ni hace caso porque es una casa.
Estoy convencido de que a mi me trata con cariño, quizá porque interpreto los tic-tac intramuros como señales de advertencia o silbidos en el lenguaje musical de las casas con personalidad. Sea como sea, le hago caso.
Somos estudiantes, tenemos una casa que a ratos huele a sebo, piezas oscuras donde hacemos el amor y freímos huevos. Ponemos discos y fumamos "como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos Cortázar estaría orgulloso de nosotros. Quizá no llueva como en París y cambiemos Gauloises por tabaco de liar.
Y sí, afuera hay de todo, museos de piedras al aire libre, estaciones de metro, cercanías y autobuses, profesores estúpidos y chicos con una polla enorme.
Afuera está lleno de cosas.
Tumbado en el sofá pensé que la vida real es una auténtica cagada. Tumbado en el sofá pensé que era muy presuntuoso decir que Dios no existe, luego pensé que es mejor pensarlo así; estaría feo tener a alguien al que echarle en cara tanta mierda.
Tumbado en el sofá pensé que las casas con personalidad compensan a los profesores estúpidos, los libros suelen compensar a los metros y los autobuses y que al fin y al cabo quien no compensa es porque no quiere. Soy capaz de imaginar a un tuerto enamorado de una coja; perfectamente compensados.
Quizá haya perdido cierta confianza en mí, en el mundo y las perras negras, pero mientras existan casas con personalidad, Los Primeros y los días que siempre caen en Martes y Trece no perderemos el rumbo ni la sonrisa. Mientras no perdamos el horizonte de vista, no dejaremos de andar. Aunque el horizonte acabe siendo un perrito caliente con muchas cosas dentro. Mmm, perrito caliente...